Durante décadas, activistas, científicos y ambientalistas han intentado reducir el consumo de carne sin éxito. La carne sin animales es la alternativa que podría transformar nuestro sistema alimentario.
En un reciente y exhaustivo artículo, el periódico británico The Guardian plantea una pregunta altamente relevante: ¿es posible poner fin a la industria ganadera sin renunciar al consumo de carne? La nota se apoya en las tesis del activista y escritor Bruce Friedrich, fundador del Good Food Institute y autor del libro “Meat: How the Next Agricultural Revolution Will Transform Humanity’s Favorite Food – and Our Future“, que será lanzado el 2 de febrero.
Lejos de una retórica moralizante, Friedrich parte de un diagnóstico crudo y difícil de rebatir: la humanidad no ha reducido jamás su consumo de carne. Desde que existen registros fiables, en 1961, el consumo global ha aumentado año tras año. “Una caída nunca ha ocurrido en toda la historia humana, por lo que parece muy poco probable que vaya a ocurrir ahora”, afirma el autor, agregando que dondequiera que aumentan los ingresos, aumenta también el consumo de carne.
La carne como fenómeno cultural, biológico y económico
Friedrich sostiene que el apego humano a la carne no es meramente cultural, sino también biológico. Se trata de un alimento denso en calorías, rico en grasa y con un sabor que hemos aprendido a desear a lo largo de la evolución. Además, ocupa un lugar central en celebraciones, tradiciones y rituales sociales en la mayoría de las culturas.
Este punto de partida es clave: si la carne es “la comida favorita de la humanidad”, cualquier estrategia que aspire a reducir su impacto ambiental, sanitario y social debe asumir ese hecho, no ignorarlo. De ahí su tesis central: si queremos reducir el daño de la carne, debemos reemplazarla por productos equivalentes, no pedir a la mayoría de la población que cambie radicalmente sus hábitos.
Reemplazos “uno a uno”: carne cultivada y carne vegetal
Para Friedrich, la única vía realista pasa por sustitutos que imiten la carne en sabor, textura y precio, ya sea mediante carne cultivada a partir de células o productos vegetales diseñados para resultar indistinguibles del original. El autor plantea la siguiente analogía: “así como hoy no necesitamos motores de combustión para movernos, cables para hablar por teléfono o carretes de película para tomar fotografías, tampoco necesitamos animales vivos para producir carne”.
El problema no es técnico, sino político y económico. La ciencia funciona; lo que falta es voluntad, inversión y apoyo público para alcanzar la paridad de precio y sabor. Si eso ocurre —y Friedrich cree que podría suceder en la próxima década—, la transición podría ser extremadamente rápida, siguiendo la conocida curva en “S” de las grandes innovaciones tecnológicas.
Una ineficiencia alimentaria insostenible
Uno de los argumentos más contundentes es el de la eficiencia. La ganadería industrial es, en palabras del propio Friedrich, “un sistema escandalosamente ineficiente”. Para obtener una sola caloría de carne se requieren múltiples calorías de cultivos: aproximadamente nueve en el caso del pollo, entre diez y once para el cerdo o el pescado de criadero, y entre cuarenta y cien para la carne de vacuno.
En un planeta donde más de 670 millones de personas pasaron hambre en 2024, esta ineficiencia no es solo un problema ambiental, sino también ético y político. Con todo, estos datos, ampliamente conocidos, no han logrado modificar los hábitos de consumo. Según Friedrich, “quien no conoce estos argumentos es porque, a decir verdad, no quiere conocerlos”.
Bioseguridad doméstica y una anomalía profundamente humana
El artículo también aborda otras críticas frecuentes. La carne cultivada, por ejemplo, genera rechazo por el llamado “factor asco”. Friedrich lo relativiza: “las personas no comen carne debido a la forma en que esta se produce, sino porque es sabrosa y asequible”.
Un dato revelador es que incluso los consumidores de carne más convencidos aplican, de forma casi instintiva, estrictas medidas de higiene al manipular carne cruda. Limpiar cuidadosamente cuchillos, tablas y superficies, evitar el contacto entre carne cruda y otros alimentos, y lavarse las manos de inmediato son prácticas ampliamente aceptadas y recomendadas. La noción de contaminación cruzada está tan interiorizada que su incumplimiento genera rechazo, preocupación y directamente asco.
Este comportamiento es significativo. La carne convencional está asociada a bacterias peligrosas como Salmonella, Campylobacter o E. coli, lo que obliga a tratar la cocina, en palabras de Bruce Friedrich, “como un pequeño laboratorio de bioseguridad”. La necesidad de “cocinarla a muerte” y extremar precauciones no es una exageración, sino una condición estructural del producto.
En este sentido, Friedrich sostiene que “la carne cultivada es intrínsecamente más limpia que la carne convencional”. Al no provenir de animales vivos, no está vinculada a sistemas digestivos, excrementos ni a las condiciones de hacinamiento propias de la ganadería industrial, que son el origen principal de la carga bacteriana. La diferencia no es de grado, sino de naturaleza: se elimina la fuente del problema en lugar de intentar controlarlo a posteriori.
Resulta llamativo que este esfuerzo constante por evitar el contacto directo con la carne cruda sea asumido como algo normal. A diferencia de los carnívoros naturales, que consumen a sus presas sin ningún tipo de repulsión ni ritual higiénico, los seres humanos parecen necesitar una mediación técnica, cultural y sanitaria para relacionarse con la carne. La bioseguridad no es un detalle accesorio del consumo de carne moderna: es una condición imprescindible para que ese consumo resulte tolerable.
En cuanto a las carnes vegetales, Friedrich admite que muchas son alimentos ultraprocesados, pero subraya un punto clave: son nutricionalmente superiores a aquello que reemplazan, con menos grasa total y saturada, menos calorías, ausencia de colesterol, hormonas y antibióticos, y mayor contenido de fibra.
Obstáculos políticos y lobbies ganaderos
El texto de The Guardian también advierte sobre la resistencia de los lobbies ganaderos. En Estados Unidos se intenta prohibir la carne cultivada, y en Europa se busca impedir que los productos vegetales utilicen términos como “hamburguesa” o “salchicha”. Paradójicamente, las grandes corporaciones cárnicas sí están invirtiendo en estas alternativas, movidas por razones puramente económicas: son más eficientes, menos riesgosas y más estables en sus cadenas de suministro.
Reflexión de Sociedad Vegana: la pregunta ética de fondo
El análisis de The Guardian es riguroso, pragmático y valioso. La conclusión evidente es que, si esperamos que la mayoría de las personas cambie por compasión hacia los animales, fracasaremos. Si les damos una alternativa que no les exija renunciar a nada, tenemos una oportunidad.
Sin embargo, hay una dimensión que apenas se menciona y que para Sociedad Vegana es central: el sufrimiento animal.
La ganadería industrial no es solo un sistema ineficiente o contaminante. Es, ante todo, un modelo que hace nacer a miles de millones de animales con un único propósito: explotarlos y matarlos. Vidas enteras reducidas a unidades productivas, marcadas por el confinamiento, la mutilación, el estrés y una muerte prematura. Incluso si la carne fuera climáticamente neutra y nutricionalmente perfecta, este hecho seguiría siendo moralmente ineludible.
Las proteínas alternativas ofrecen algo radicalmente nuevo en la historia humana: la posibilidad de satisfacer el gusto por la carne sin crear víctimas. No se trata únicamente de salvar bosques, reducir emisiones o evitar pandemias futuras, sino de poner fin a una forma de violencia estructural normalizada durante milenios.
Desde Sociedad Vegana sostenemos que este es el argumento más poderoso y transformador. La tecnología puede cambiar nuestros sistemas alimentarios, pero la ética debe cambiar nuestra manera de mirar a los animales. Cuando ambas cosas avanzan juntas, el fin de la ganadería industrial deja de ser una utopía y se convierte en una responsabilidad histórica.
Por Héctor Pizarro
Sociedad Vegana
