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El tormento como “deporte”: el sufrimiento silencioso del atún rojo y la insuficiencia masculina

La vuelta del atún rojo a las costas británicas, un acontecimiento esperanzador para la biodiversidad, se ha tornado, paradójicamente, en una nueva arena para la pesca deportiva de captura y suelta, una “lucha” o “juego” que solo causa sufrimiento y muerte.

La capacidad de la naturaleza para recuperarse, incluso después de décadas de explotación humana, es a menudo una fuente de esperanza y asombro. Sin embargo, ¿qué sucede cuando esa misma recuperación se convierte en una nueva oportunidad para el “entretenimiento” humano a costa del sufrimiento animal? Esta es la inquietante pregunta que plantea el escritor y activista George Monbiot en un artículo publicado hoy en The Guardian, “Bluefin tuna are miraculously returning to UK shores – only to be tormented for ‘sport’“. Su crítica a la “pesca deportiva” del atún rojo nos ofrece un punto de partida para reflexionar sobre nuestras propias prácticas de “diversión” basadas en el tormento de otros seres vivos.

Monbiot enfatiza que esta “pesca deportiva” es, en su mayoría, de tipo “catch and release” (captura y suelta). Esto significa que, después de una extenuante “lucha”, los atunes son devueltos al mar. Sin embargo, como el autor detalla, esto dista mucho de ser una acción benévola o sin consecuencias. El concepto es engañoso. El “deportista” va sentado en una lancha mientras un tripulante lo asiste. Cuando un atún muerde el anzuelo, el “deportista”, sujeto a un arnés o en una “silla de lucha” (fighting chair), comienza a “jugar” con el pez hasta el agotamiento extremo. Esta “lucha” unilateral puede durar 30 minutos o más, llevando al pez al límite de sus fuerzas.

Monbiot subraya que, aunque se les libere, la supervivencia del atún es incierta. Cita un estudio australiano que reporta una tasa de mortalidad del 17% después de la liberación, una cifra que los ecologistas marinos creen que es incluso mayor en condiciones reales de pesca. Los atunes rojos son peces parcialmente de sangre caliente que se sobrecalientan y sufren un daño celular irreparable debido a la pérdida de oxígeno durante la “lucha” prolongada. Necesitan sumergirse a aguas frías y profundas para recuperarse, algo que a menudo les resulta imposible si son pescados en aguas poco profundas o si su agotamiento es demasiado severo. Soltar al pez no elimina el profundo sufrimiento físico y el trauma que experimenta, y a menudo, su eventual muerte lenta y dolorosa.

La insuficiencia masculina – fingiendo virilidad frente a un animal extenuado

Monbiot profundiza en una crítica social y psicológica cuando se refiere a esta actividad como una “fiebre del oro para sacar provecho del mercado de la insuficiencia masculina”. Con esta frase, el autor sugiere que esta forma de pesca puede ser un medio para que algunos hombres busquen validar o compensar su masculinidad a través de una demostración artificial de fuerza y dominio sobre la naturaleza.

El escritor califica la actividad como “una forma verdaderamente patética de gratificación machista” y un “medio sin riesgo de enfrentarse a la naturaleza”. La ausencia de peligro real para el pescador (quien opera con equipo sofisticado y desde la seguridad de una lancha), para la “conquista” de un animal tan grande y poderoso, se convierte en una vía para afirmar la virilidad o la autoestima. Es una crítica mordaz a la idea de que la masculinidad debe ser probada mediante el control, la humillación o el sufrimiento de otros seres vivos, especialmente cuando esto se realiza en un entorno que minimiza el esfuerzo o el riesgo genuino del humano. La compensación se da en la búsqueda de una validación externa de la masculinidad, proyectada como una “victoria” sobre la naturaleza.

Además, Monbiot denuncia que estos “deportistas” y las empresas del rubro ignoran sistemáticamente el código de conducta establecido. Se observan prácticas como la pesca en aguas poco profundas (donde los atunes tienen menos posibilidades de recuperarse), el uso de anzuelos dobles prohibidos, “jugar” con los peces durante 90 minutos cuando se recomienda un mínimo, e incluso el uso de grandes garfios para sujetar al pez junto al barco, que están expresamente prohibidos. Monbiot da cuenta de numerosos hallazgos de atunes rojos muertos en las costas británicas, lo que sugiere un vínculo directo con esta pesca.

Más allá del agotamiento y el shock resultantes de la “lucha”, no podemos obviar el daño físico directo. El anzuelo desgarra tejidos internos y externos del atún durante la feroz lucha por liberarse. Y como si eso no fuera suficiente tormento, el trauma se agudiza cuando el humano, con guantes y alicates, debe retorcer y arrancar brutalmente el anzuelo incrustado, infligiendo heridas adicionales y dolor agudo en el procedimiento de “liberación” que, a menudo, es solo una sentencia de muerte diferida. Un tripulante de lancha, en un podcast, resume la situación de los peces liberados con un lapidario “están jodidos”.

Monbiot concluye que lo que se ha gestado no es un lobby para la protección del atún, sino una “fiebre del oro para sacar provecho del mercado de la insuficiencia masculina”. Critica la competencia por atrapar la mayor cantidad de peces en un día, una práctica que impide una recuperación adecuada de los animales.

En lugar de esta “pesca deportiva”, Monbiot propone una alternativa: el avistamiento de atunes. Podría ser una gran atracción turística, generando ingresos y empleo local, permitiendo a las personas maravillarse con estos gigantes marinos en su hábitat natural, saltando y cazando, un espectáculo “de los más grandes y fiables de la Tierra”. Su propuesta final es audaz: que toda la megafauna, incluido el atún rojo, sea tratada como ballenas y delfines, como animales que ya no se cazan ni se matan. Aboga por la creación de un santuario en aguas del Reino Unido para una especie maravillosa que es perseguida en otros lugares.

Las conclusiones de George Monbiot resuenan profundamente con nuestra perspectiva en Sociedad Vegana. El caso del atún rojo es un claro ejemplo de cómo la búsqueda de “diversión”, “entretenimiento” o “deporte” por parte de los humanos puede traducirse directamente en tormento, sufrimiento y muerte para otros seres sintientes.

Aquí no se trata de la necesidad de alimentarse, sino de una actividad puramente recreativa que explota la vida y el cuerpo de un animal. La paradoja es evidente: en Reino Unido celebran el regreso “milagroso” de una especie, y en lugar de ofrecerle protección incondicional, la convierten en un objeto de “deporte” y “conquista”. La noción de “jugar” con un pez hasta el agotamiento, para luego liberarlo con una alta probabilidad de muerte, es una manifestación de una profunda desconexión con la vida y la capacidad de sentir del animal.

Lo que queda claro es que la ética de cualquier “diversión” que implica el sufrimiento deliberado de otro ser vivo es inherentemente cuestionable. La diferencia entre el terror que siente un atún arrastrado y agotado, y el terror de un animal en una granja cualquiera, es una diferencia de especie, no de intensidad de sufrimiento.

La propuesta de Monbiot de una industria de avistamiento de atunes es un modelo que deberíamos adoptar universalmente: disfrutar de la naturaleza y sus habitantes a través de la observación, el respeto y la no interferencia, en lugar de la dominación y la explotación. Reconocer el valor intrínseco de cada vida y expandir nuestro círculo de compasión más allá de nuestras conveniencias o tradiciones es el camino hacia una relación más ética y sostenible con el planeta y todos sus habitantes. La naturaleza no necesita ser capturada ni sometida para ser apreciada; solo necesita ser vista, respetada y protegida. Es hora de que nuestras “diversiones” evolucionen hacia formas que celebren la vida, en lugar de atormentarla.

Por Héctor Pizarro
Sociedad Vegana

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Beagles: la docilidad que la industria de la experimentación animal convierte en condena de por vida

La docilidad de los beagles, esa ternura que los convierte en compañeros perfectos para las familias, es precisamente la razón por la que laboratorios como el británico MBR Acres los crían masivamente para torturarlos. Forzados a ataques cardíacos, intoxicaciones químicas y enfermedades, estos perros siguen mirando con confianza a quienes les infligen el sufrimiento. ¿Hasta cuándo lo permitiremos?

En 2022, un grupo de activistas de Animal Rising entró al criadero Marshall BioResources Acres (MBR Acres), cerca de Cambridge, Inglaterra, y liberó a 23 cachorros beagle de un destino atroz: una vida entera de experimentos crueles en laboratorios. Fue una acción directa, planificada para salvar vidas concretas. Sin embargo, tres años después, esas mismas personas -20 en total- se enfrentan a un juicio que podría condenarlas hasta 10 años de prisión por “robo” y “posesión de bienes robados”.

La ironía es abrumadora: la justicia británica trata a estos perros como “propiedad robada” y a sus rescatistas como delincuentes, mientras que quienes lucran con su sufrimiento operan con licencias legales desde hace décadas.

Por qué beagles

La elección de esta raza por parte de la industria no es casualidad. Según reconoce incluso la documentación oficial, los beagles son utilizados masivamente debido a su “naturaleza dócil”. Tal como un técnico de laboratorio declaró al Free Beagle Project:

“No se defienden. Nos dejan hacerles lo que queramos, por eso nos gustan los beagles.”

Detrás de esa frase hay un retrato crudo: perros que nunca morderán, que soportarán inyecciones dolorosas, ataques cardíacos provocados, alimentación forzada con químicos tóxicos y enfermedades introducidas deliberadamente, todo mientras miran a sus agresores con confianza.

Cada año, MBR Acres cría hasta 2.000 beagles para venderlos a los 16 semanas de edad a laboratorios donde la vida se reduce a un protocolo de sufrimiento. Un informe del Ministerio del Interior británico (2020) reveló que el 67 % de los procedimientos consistía en la administración forzada de sustancias químicas hasta por 90 días, sin anestesia ni alivio del dolor.

La oportunidad de poner a la industria en el banquillo

El juicio contra estos 20 activistas no es solo una amenaza a la libertad de personas que arriesgaron todo por salvar vidas; es una oportunidad histórica para exponer públicamente un modelo de “ciencia” que ya no se sostiene ni ética ni técnicamente.

En 2023, en Sociedad Vegana escribíamos que la inteligencia artificial podría marcar el principio del fin para la crueldad contra los animales en laboratorios. Citando un reportaje de Sophie Kevany en Sentient Media, explicábamos cómo IBM desarrolla un modelo de IA capaz de predecir la toxicidad de medicamentos con mayor precisión que las pruebas tradicionales en animales, utilizando datos históricos y eliminando la necesidad de infligir sufrimiento.

Este enfoque, junto con tecnologías como los órganos en chip y los modelos de tejido humano en 3D, demuestra que existen alternativas más fiables, éticas y reproducibles que los experimentos en animales. Incluso organismos reguladores como la FDA y la EMA han comenzado a mostrar interés en integrar estas herramientas en sus procesos.

El mensaje era -y sigue siendo- muy claro: no hay justificación ética para seguir torturando seres vivos cuando la ciencia ya dispone de medios superiores para garantizar la seguridad de los medicamentos. A pesar de ello, el gobierno británico continúa avalando la cría y uso de beagles como si fuera inevitable.

Animal Rising plantea la pregunta que todos deberíamos hacernos: “Si la sociedad rechaza abiertamente la crueldad hacia los perros en cualquier otro contexto, ¿por qué seguimos permitiéndola bajo el pretexto de la ciencia?”

Camp Beagle: la protesta que no cesa

Aparte de la acción directa de Animal Rising, cabe mencionar que desde julio de 2021 la campaña Camp Beagle mantiene una presencia ininterrumpida, día y noche, frente a las puertas de MBR Acres, denunciando lo que ocurre dentro: un criadero industrial de beagles desterrados de la luz, del contacto humano y condenados a la experimentación científica. Su dedicación incansable ha conseguido, entre otras cosas, que más de 200 000 personas firmaran una petición en 2025, lo que derivó en un debate parlamentario sobre el fin del uso de perros en pruebas de laboratorio. Además, Camp Beagle honra simbolicamente a los beagles sin nombre: placas con nombres grabados en collares recuerdan su existencia frente al criadero. Incluso han rastreado actividades clandestinas como entregas nocturnas de gas para presionar a proveedores a romper la cadena de abastecimiento.

Una línea que no deberíamos cruzar

Paralelamente, este caso revela algo igual de inquietante que la brutalidad institucionalizada: nuestra capacidad de ignorar, convenientemente, algunas realidades. Durante más de seis décadas, MBR Acres ha explotado la docilidad de estos animales. Pero, como subraya Animal Rising, lo único que no ha cambiado en todo este tiempo es la naturaleza confiada y afectuosa de los beagles. Así, esa misma inocencia que debería inspirar protección, se ha convertido en la razón de su condena.

No se trata solo de 20 activistas, ni siquiera solo de 23 cachorros rescatados. Se trata de una industria entera basada en la vulnerabilidad de quienes no pueden defenderse, y de un sistema legal que, en lugar de perseguir a quienes torturan a seres inocentes, persigue a quienes lo detienen.

Este juicio no debería ser contra la compasión, sino contra la crueldad. Y cada persona que ama a un perro debería sentir que este es también su caso.

Más información y formas de apoyar la campaña de Animal Rising en esta página.

Por Héctor Pizarro
Sociedad Vegana

Ilustración: fotografías (c) de Animal Rising

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¿Ataque no provocado? El búfalo solo se defendía

La prensa es unánime: “Trágica muerte de un cazador estadounidense tras ser embestido por un búfalo en Sudáfrica.” Y una frase resalta entre todas: “ataque no provocado” por parte del animal. En este artículo desmontamos esa peligrosa hipocresía.

“Un ataque repentino y no provocado.” Así lo declaró la empresa de safaris de caza que organizó el viaje, CV Safaris, al referirse al animal que mató a Asher Watkins, un empresario de Texas de 52 años, mientras rastreaba un búfalo del Cabo de 1,3 toneladas junto con sus guías.

¿No provocado? ¿Mientras tres humanos armados rastrean silenciosamente a un animal salvaje, con la intención de dispararle a quemarropa, por pura diversión, por vanidad, por una foto para subir a Facebook junto a su cadáver?

Esta narrativa absurda coincide exactamente con el discurso que escuchamos cuando un torero es corneado por un toro que ha sido drogado, debilitado y torturado con lanzas y banderillas: “una tragedia inesperada”, “un accidente”.

¿Hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que las los victimarios son las víctimas?

La narrativa invertida

Cuando un cazador rastrea, persigue y asesina por entretenimiento, se le llama “deportista”. Cuando un búfalo reacciona, defiende su vida y embiste, se le llama “la muerte negra”, según la forma en que medios como Metro optan por referirse a esta especie.

Y cuando un torero muere bajo los cuernos del animal que estaba masacrando públicamente por dinero, se le canoniza como mártir de la tradición, de la “fiesta taurina”.

Vivimos en una sociedad que se conmueve hasta las lágrimas por el cazador muerto, pero ignora por completo a las decenas de miles de animales que estos “aventureros” eliminan cada año en nombre del ego y el espectáculo.

Asher Watkins era un hombre que, según su biografía, “pasó la mayor parte de su vida al aire libre y en ranchos”. En sus redes sociales posaba con cadáveres de ciervos, pumas y otros animales salvajes (ver ilustración, tomada de Facebook, donde Watkins posa orgulloso con su víctima, un puma).

El búfalo que terminó con su vida no era una amenaza.
No estaba invadiendo su casa.
No buscaba hacerle daño.
Simplemente hizo lo que cualquier ser vivo con miedo haría: defenderse.

La moral a conveniencia

La industria de la caza justifica estas muertes como “trágicas”, “inesperadas” y “no provocadas”. Pero lo cierto es que no hay nada de inesperado ni de trágico cuando alguien que mata animales salvajes por placer muere en el intento.

La tragedia real no es la muerte del cazador.

La tragedia es que miles como él se embarcan cada día en “safaris” para asesinar a animales inteligentes y sensibles por el placer de tener una cabeza disecada en la pared del salón.

La tragedia es que se considera “valiente” matar a distancia con un rifle a un animal desarmado.

La tragedia es que se sigue alimentando este relato falso donde los cazadores son individuos intrépidos, dignos de admiración, y los animales, simples trofeos.

La familia de Asher Watkins ha perdido a uno de los suyos. Como todo duelo, merece respeto. Pero eso no puede impedirnos señalar la verdad incómoda: su muerte fue consecuencia directa de una actividad inmoral y cruel.

No fue un accidente natural.
No fue una desgracia sin motivo.
Fue el resultado lógico de entrar al hábitat de un animal salvaje con intenciones de matarlo.

Y si eso no es provocación, entonces, ¿qué lo es?

Tal vez haya en esta historia una oportunidad. Una pequeña rendija para que empecemos a cuestionar no solo la hipocresía del lenguaje, sino la profunda perversión de un sistema que glorifica la caza, romantiza la tortura y disfraza el sadismo de tradición o deporte.

Por Héctor Pizarro
Sociedad Vegana

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Chile se indigna por el faenamiento de perros: ¿y el sufrimiento diario en los mataderos?

Chile reacciona con indignación ante un caso de faenamiento de perros para consumo humano. La Fiscalía investiga y las redes sociales arden. Y sin embargo, cada día, en silencio, otros animales sufren en condiciones similares o peores. ¿Qué hace que el dolor de unos nos duela y el de otros nos parezca normal?

La noticia difundida hoy por medios chilenos sobre el presunto faenamiento de perros para consumo humano en la ciudad de Antofagasta, en el norte del país, ha generado, con razón, un repudio generalizado. La Fiscalía abrió una investigación de oficio, y la comunidad, profundamente alarmada, ha reaccionado con consternación. El horror de imaginar a perros siendo capturados, sacrificados y vendidos como carne ha tocado una fibra profunda en la sensibilidad colectiva.

Pero esta reacción – por más legítima, justa y necesaria que sea – también deja al descubierto una herida moral no resuelta: la del sufrimiento cotidiano, sistemático y normalizado de millones de otros animales, cuyos gritos nadie escucha, aunque son idénticos en intensidad y desesperación.

Cada día, en los mataderos de Chile y del mundo, vacas, cerdos, corderos y pollos – todos animales sensibles, con ganas de vivir, de jugar, de correr y de sentirse seguros – atraviesan procesos similares o incluso peores. También a ellos se les arrastra, se les encierra, se les somete al miedo, al dolor, al desmembramiento. También hay alaridos. También hay sierras. Pero ahí, nadie filma. Nadie se escandaliza. Nadie llama al fiscal regional, como ocurrió en Antofagasta.

No se trata de relativizar el sufrimiento de los perros – todo lo contrario. Se trata de tomar esa compasión, ese rechazo visceral que sentimos al leer la noticia, y extenderlo. De atrevernos a mirar más allá del marco que nos enseñaron. Porque el dolor no cambia según la especie. No hay sufrimiento de primera y sufrimiento de segunda. El horror no se vuelve menos horroroso solo porque esté legalizado o culturalmente normalizado.

Cuando una sociedad se escandaliza por el faenamiento de perros, pero al mismo tiempo promueve el consumo de carne de otros animales, está trazando una línea moral arbitraria. Una línea que no nace de la ética, sino de la costumbre.

En particular, no se trata de llamar hipócritas a quienes se indignan por este caso. Esa indignación es valiosa. Pero sí creemos que vale la pena reflexionar sobre por qué, como sociedad, aceptamos sin cuestionar otras formas de sufrimiento animal que no son menos crueles, solo más frecuentes. La reacción colectiva chilena es una prueba de que la empatía sigue viva. De que el alma colectiva aún tiene capacidad de indignación frente a la crueldad. Lo que se propone aquí es algo profundamente humano: no cerrar esa compuerta de empatía, sino abrirla más. Mirar a los ojos de otros animales, igual de inocentes, igual de vulnerables, y preguntarnos: ¿por qué no ellos también?

La violencia de los mataderos es extrema. Y sin embargo, se nos presenta como moderada, racional, incluso necesaria, y donde se practica “el sacrificio humanitario“. ¿No es eso, en el fondo, el verdadero extremismo? Justificar lo injustificable. Invisibilizar lo atroz. Convertir en rutina lo que, si ocurriera en un patio trasero con un perro, nos revolvería el estómago.

Hoy, como sociedad, tenemos una oportunidad. No solo para exigir justicia por los perros de Antofagasta, Chile, sino para cuestionar la estructura que sostiene este doble estándar. Para construir una ética que no dependa del animal en cuestión, sino del principio de que ningún ser que quiere vivir debería ser asesinado por placer, tradición o conveniencia.

El horror no debería ser selectivo. La compasión tampoco.

Por Héctor Pizarro
Sociedad Vegana

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Suiza desenmascara a la industria: A partir de hora, la crueldad animal tendrá su propia etiqueta

Imagina entrar al supermercado y que cada producto de origen animal te cuente su verdadera historia. Una que hable de castración sin anestesia o de picos recortados. Esto no es una utopía; es la realidad que llegará a Suiza en 2026, un avance que pone en jaque a toda una industria.

Un cambio sin precedentes está a punto de llegar a los supermercados suizos. El Consejo Federal ha aprobado una legislación pionera que marcará un antes y un después en la transparencia alimentaria y la defensa de los animales. A partir del 1 de marzo de 2026, la verdad sobre el sufrimiento animal dejará de estar oculta tras un empaque atractivo.

La verdad al descubierto: ¿Qué implica la nueva ley?

Esta pionera medida obliga a que todos los productos de origen animal, tanto locales como importados, informen explícitamente si los animales fueron sometidos a prácticas dolorosas sin anestesia. Procedimientos estandarizados por la industria como la castración de lechones, el descorne de terneros o el recorte de picos en aves ya no podrán ser ignorados por quienes consumen.

La ley es contundente y no deja lugar a ambigüedades. Incluso productos como el foie gras, cuya producción está prohibida en Suiza por su extrema crueldad, deberán llevar una etiqueta de advertencia si son importados. El mensaje es claro: la responsabilidad no termina en las fronteras.

Un modelo a seguir: el efecto dominó que esperamos

La iniciativa de Suiza es mucho más que una simple etiqueta; es un cuestionamiento directo al corazón del sistema de explotación animal. Arroja luz sobre una realidad que la industria ganadera se ha esforzado durante décadas en camuflar con imágenes de granjas felices y un marketing engañoso.

Nos preguntamos: ¿Y si todos los países hicieran lo mismo? ¿Si cada cartón de leche o bandeja de carne tuviera que confesar el dolor que hay detrás? Este es el tipo de transparencia que puede provocar un cambio de conciencia masivo. Es una herramienta poderosa para desmontar la disonancia cognitiva que permite a la sociedad indignarse por el maltrato a un perro, pero ignorar el sufrimiento sistemático de una vaca, un cerdo o una gallina.

Nuestra lucha, nuestra voz: ¿qué significa esto para el veganismo?

Como personas veganas o en transición, esta noticia es una validación de nuestra lucha. Confirma lo que llevamos años diciendo: que la opacidad es el principal aliado de la crueldad y que la información es poder. Este avance nos da un motivo renovado para seguir educando, conversando y demostrando que existen alternativas deliciosas y éticas.

Esta ley no es la solución final, pues no busca abolir la explotación, pero sí rompe el silencio cómplice. Es una grieta en el muro de la indiferencia.

Celebremos este paso, pero recordemos que nuestra meta es un mundo donde no haya sufrimiento que etiquetar. Que cada elección que haces, cada plato basado en plantas que compartes y cada conversación que inicias sea parte de esta revolución compasiva. Porque cada acto cuenta y, juntos, estamos construyendo un futuro donde la coherencia y el respeto por todos los seres vivos sean la norma, no la excepción.

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McDescaro: El gigante del fast food intenta aplastar a una pyme vegana y falla estrepitosamente

Una pequeña empresa chilena se atrevió a hacer lo impensable: importunar al coloso de las hamburguesas industriales con una idea vegana.

McDonald’s, esa multinacional que ha hecho del “I’m Lovin’ It” un jingle que se repite más que el malestar estomacal tras comer sus papas fritas con saborizante de carne preparado a base de leche, creyó ver una amenaza en un emprendimiento local llamado “V Vegan Meat I’m Lovin’them“. Porque claro, cuando vendes cadáveres ultraprocesados, servidos por millones cada día, un pequeño negocio vegano en Chile es, evidentemente, la competencia directa que hay que aplastar.

Todo comenzó en 2021, cuando Felipe Vargas, dueño de esta pyme que ofrece carne vegetal en lugar de sufrimiento animal, cometió —a juicio de McDonald’s— el crimen de registrar su marca en el Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI). La multinacional estadounidense, con su radar siempre encendido para detectar peligros existenciales como el seitán y el tofu, reaccionó indignada, alegando que el “I’m Lovin’them” de Vargas era prácticamente un clon mal disimulado de su “I’m Lovin’ It”. Porque indudablemente, dos frases que comparten un verbo y un pronombre no pueden coexistir en este mundo. Sería el fin del capitalismo tal como lo conocemos.

Lo curioso es que, según la lógica del gigante norteamericano, los consumidores —tú, yo y en realidad, cualquiera con dos neuronas— seríamos tan ingenuos que podríamos confundir un local de comida vegana artesanal con sus pestilentes McCombos. Faltaría más, lo primero que uno piensa al ver la palabra “vegan” es en una cajita feliz con nuggets de dudosa procedencia.

Afortunadamente, el INAPI no se creyó los lamentos de McDonald’s. Con criterio y cordura, el organismo chileno concluyó que ambas marcas son claramente distinguibles, con “unidades marcarias independientes”, y que el uso de la palabra vegan y un diseño gráfico propio “alejaban cualquier posibilidad de confusión”. El organismo entendió lo evidente: McDonald’s estaba insultando la inteligencia del público consumidor en su intento por destruir un emprendimiento.

Después de cuatro años de litigios, desgaste emocional y múltiples apelaciones (porque McDonald’s, como buen Goliat corporativo, juega al agotamiento), la justicia chilena falló a favor de la pyme. Una victoria legal que es, a la vez, un enorme triunfo simbólico para el veganismo, la creatividad, y el derecho de las pequeñas empresas a existir sin ser pisoteadas por botas de payaso.

Felipe Vargas lo dijo con claridad: “Es una victoria que va más allá de lo legal”. Es una afirmación de que estamos avanzando, de que hay espacio para hacer las cosas bien —desde los ingredientes hasta los principios. Y también una advertencia a quienes, desde el privilegio corporativo, creen que pueden frenar las ideas con talonarios de cheques para sus abogados. Porque McDonald’s, al parecer, tiene más recursos que sentido del ridículo.

McDonald’s puede seguir “lovin’ it”, pero hoy, nosotros “lovin’them”. A los pequeños, a los éticos, a los que cocinan con convicción y no con los manuales de una franquicia corporativa. Lovin’them también se aplica al amor por los animales, al amor que deriva en el respeto por su sintiencia, por su dignidad. Porque si algo quedó claro en esta historia, es que ni el marketing millonario ni el poderío legal pueden contra la fuerza de una causa justa.

Buen provecho, McDonald’s. Porque después de este tropiezo legal, la empresa seguirá como si nada: vendiendo maltrato animal disfrazado de cajita feliz.

Por Héctor Pizarro
Sociedad Vegana

Ilustración: El brutal contraste entre la iconografía infantilizada de un payaso corporativo y la realidad sangrienta de la industria que representa. La “diversión para toda la familia” se construye sobre el sufrimiento sistemático de miles de millones de víctimas.

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Mataderos en EE.UU. operan al margen de la ley con total impunidad

Un informe del Animal Welfare Institute revela prácticas inhumanas sistemáticas en mataderos estadounidenses. Animales mutilados vivos, terneros muertos en transporte y nula respuesta legal. El Estado brilla por su ausencia.

En los mataderos de Estados Unidos, donde cada año se asesinan más de 38 mil millones de aves y 660 millones de mamíferos terrestres, se perpetúa en silencio una tragedia sistemática. La reciente investigación publicada por el Animal Welfare Institute (AWI), titulada “Humane Slaughter Update: Federal and State Oversight of the Welfare of Livestock at Slaughter”, desvela una realidad horrorosa: la ley que supuestamente protege a los animales durante su matanza —la Humane Methods of Slaughter Act (HMSA)— no solo se viola de forma recurrente, sino que además esas violaciones rara vez enfrentan consecuencias legales.

Entre 2019 y 2022, las inspecciones en plantas de matanza federales y estatales revelaron patrones inaceptables: uso excesivo de fuerza para arrear animales, maltrato a animales discapacitados, fallos repetidos en la insensibilización previa al degüello, y procedimientos dolorosos realizados mientras los animales aún estaban conscientes. En una planta, por ejemplo, un cerdo recibió cinco disparos fallidos antes de ser finalmente aturdido, prolongando su agonía en un acto brutal e innecesario.

El problema no es solo la violencia, sino la impunidad: desde al menos 2007, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) no ha iniciado ni un solo proceso penal contra las más de 800 plantas de sacrificio federales. Tampoco ha derivado casos a las autoridades locales, ni ha presionado para que se apliquen las leyes estatales contra la crueldad animal. Mientras tanto, miles de animales siguen siendo torturados legalmente en nombre de una industria que prioriza la eficiencia económica sobre el mínimo bienestar.

El informe de AWI denuncia también la exclusión deliberada de las aves —la mayoría de los animales asesinados para consumo humano— de la protección de la HMSA. Esto significa que pollos, pavos y otras aves son rutinariamente degollados en masa sin insensibilización, en condiciones de terror y sufrimiento indescriptibles. En las sombras de este sistema, la muerte no es solo un fin: es un proceso de violencia planificada.

AWI, una organización fundada en 1951, ha sido durante décadas una voz firme en defensa de los animales explotados por la industria. Su trabajo ha sido crucial en la creación y reforma de leyes federales, incluyendo la aprobación de la HMSA en 1958 y su enmienda en 1978. A pesar de sus esfuerzos jurídicos y de concienciación, el USDA continúa optando por la “autorregulación voluntaria” de la industria, una estrategia que ha demostrado ser tan inútil como complaciente.

Casos como el de la planta Ida Meats en Idaho, donde murieron aproximadamente 4.000 terneros recién nacidos durante el transporte sin que se abriera siquiera una investigación, muestran la escala del abandono institucional. Y en Iowa, donde inspectores documentaron 250 incidentes de maltrato con instrumentos eléctricos y físicos, tampoco hubo derivación a la justicia penal.

El informe concluye con recomendaciones claras: mayor formación de los trabajadores, revisión obligatoria de los dispositivos de insensibilización, sanciones escalonadas para reincidentes, y cooperación con las autoridades estatales para procesar criminalmente los casos de abuso deliberado.

En Sociedad Vegana consideramos que esta situación no es una falla del sistema: es el sistema. Un aparato diseñado para ocultar el sufrimiento tras puertas metálicas, etiquetas con caricaturas de animales sonrientes y carne empacada. Un aparato cuya existencia depende del silencio social, la desinformación institucional y la desensibilización moral. Mientras sigamos considerando a los animales como productos en lugar de individuos sintientes, estos horrores no solo continuarán, sino que se intensificarán.

No hay forma humana de matar a un animal que no quiere morir, que siente miedo y dolor. Los horrores detallados en el informe de AWI –los aturdimientos fallidos, los animales desmembrados conscientes, los terneros que mueren asfixiados en camiones– no son anomalías; son la manifestación más cruda de un sistema diseñado para convertir vidas en productos al menor costo posible.

Frente a esta barbarie, el veganismo no es solo una opción dietética: es un acto de resistencia ética. La única forma real de asegurar que ningún animal sufra a manos de esta industria es no financiarla. Al elegir alternativas vegetales, no solo salvamos innumerables vidas del tormento, sino que también enviamos un mensaje claro: no estamos dispuestos a ser cómplices de esta crueldad sistemática. Es un acto de compasión, una protesta silenciosa pero poderosa contra un sistema que ha perdido su humanidad, si es que alguna vez la tuvo.

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No es sostenible, sino una total mentira: Monbiot destapa las tácticas de la industria ganadera

“Es todo mentira”, así de tajante es George Monbiot en The Guardian al referirse a los supuestos beneficios climáticos de la ganadería. Mientras la industria invierte en romanticismo y desinformación, Monbiot destapa las tácticas y los datos falseados.

En el panorama actual, donde la crisis climática y la pérdida de biodiversidad hacen imperativo tomar medidas drásticas, surgen voces que intentan maquillar la realidad de ciertas industrias. Una de las más activas en esta labor de “lavado verde” es, sin duda, la industria ganadera. Recientemente, el reconocido periodista y activista ambiental George Monbiot ha vuelto a poner el dedo en la llaga con un artículo demoledor.

Publicado el 7 de mayo en The Guardian bajo el título “New reports tell us cattle and sheep farming can be sustainable – don’t believe them, it’s all bull” (Nuevos informes nos dicen que la ganadería bovina y ovina puede ser sostenible – no los creas, es todo mentira), Monbiot desarticula con gran precisión los argumentos que intentan vendernos una ganadería idílica y amigable con el planeta.

Monbiot comienza su análisis con un ejemplo impactante: un reciente incendio en Dartmoor, Inglaterra, en un sector que, según explica, no debería ser propenso al fuego. La razón: “ovejas, vacas y ponis lo han hecho así. Ramonean selectivamente las plántulas de árboles, impidiendo el regreso del bosque templado lluvioso, que es extremadamente difícil de quemar.” Este es solo un atisbo de los múltiples impactos de la ganadería extensiva.

El artículo denuncia cómo “varias películas recientes, junto con celebridades, políticos, multimillonarios y podcasts de extrema derecha, buscan persuadirnos de que el ganado vacuno y ovino son buenos para la atmósfera y la biodiversidad”. Monbiot es tajante al respecto, afirmando que: “Esta historia, con pinceladas de romanticismo rural, es ahora la frontera más activa y seductora de la negación de la ciencia climática. Está fuertemente promovida por la industria cárnica, que es tan despiadada y maquiavélica como la industria de los combustibles fósiles”.

En Sociedad Vegana consideramos que esta comparación con la industria de los combustibles fósiles es dolorosamente precisa. Ambas industrias se enfrentan a una evidencia científica creciente sobre su impacto destructivo y, en lugar de asumir responsabilidades y transitar hacia modelos verdaderamente sostenibles (que en el caso de la ganadería implicaría una reducción drástica y, en última instancia, su abandono), optan por millonarias campañas de desinformación. El objetivo es sembrar la duda y retrasar la acción, manteniendo así sus beneficios económicos – a costa del futuro del planeta.

Monbiot procede a desarticular dos informes recientes que pretenden avalar la supuesta sostenibilidad de la ganadería. El primero, de FAI Farms y financiado por McDonald’s, afirma que su granja es “más allá del cero neto” en emisiones. Sin embargo, Monbiot revela fallos metodológicos garrafales: muestras insuficientes y no representativas, manipulación de datos (como la importación de heno o el arado y resiembra de campos entre mediciones) y la omisión de mediciones cruciales como la densidad aparente del suelo en la primera toma de muestras. Un despropósito científico que, convenientemente, se presenta con conclusiones optimistas en sus resúmenes ejecutivos.

El segundo informe, del Sustainable Food Trust (SFT), promueve la ganadería en praderas temporales y sugiere un cambio de consumo hacia más carne de res y cordero y menos cerdo, pollo y cultivos. Monbiot detectó omisiones críticas: ¿cuánta tierra se necesitaría para los cultivos que comemos los humanos bajo este sistema? ¿Aumentaría nuestra dependencia de las importaciones, arrebatando alimentos a poblaciones más necesitadas o impulsando la deforestación en otros lugares? Al ser confrontado, el fundador de SFT admitió que los precios de los alimentos se dispararían y se basó en “supuestos heroicos” como una reducción drástica del desperdicio alimentario y cambios dietéticos masivos y prescriptivos por parte de la población.

En Sociedad Vegana consideramos que los argumentos de Monbiot sobre el uso del suelo son fundamentales y se alinean con lo que venimos defendiendo. La ganadería es, por definición, una forma ineficiente de producir alimentos. Según datos de la FAO y estudios como el de Poore & Nemecek (Universidad de Oxford, 2018), la ganadería utiliza aproximadamente el 83% de la tierra agrícola mundial pero produce solo el 18% de las calorías y el 37% de las proteínas. Esta ineficiencia es una de las principales causas de deforestación, especialmente en regiones como el Amazonas, para crear pastos o cultivar piensos. Liberar estas tierras del yugo ganadero permitiría la reforestación y la restauración de ecosistemas, que actuarían como sumideros de carbono mucho más efectivos que cualquier pasto “bien gestionado”.

Además, la idea de que necesitamos “más” ganado para la salud del suelo ignora las alternativas basadas en plantas, como la agricultura regenerativa sin animales, el uso de abonos verdes, la rotación de cultivos y el compostaje, que pueden mejorar la estructura del suelo y retener carbono sin los enormes costes ambientales y éticos asociados a la cría de animales.

Monbiot concluye con una advertencia que resuena profundamente con nuestra filosofía: “Si tales afirmaciones surgieran de cualquier otro sector, las reconoceríamos por lo que son: lobby de la industria. Pero debido a que sus imágenes bucólicas sintonizan con temáticas culturales arraigados, el entusiasmo por tales no-soluciones se extiende desde McDonald’s hasta el Rey Carlos. El desafío fenomenalmente complejo de alimentar al mundo sin devorar el planeta no se resolverá con ilusiones y simplezas románticas.”

A nuestro juicio, es fundamental no dejarse engañar por estas narrativas edulcoradas. La solución más coherente, ética y científicamente respaldada para abordar el impacto de nuestro sistema alimentario en el clima, la biodiversidad y el uso de recursos es una transición masiva hacia dietas basadas en plantas. El veganismo no es una “simpleza romántica”, sino una respuesta pragmática y poderosa a uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Agradecemos a George Monbiot por su claridad y rigor analítico al exponer estas verdades. Es hora de dejar de creer en cuentos de hadas patrocinados por la industria, estructurados en torno a la desinformación, y empezar a tomar decisiones basadas en la evidencia. El futuro del planeta, y el nuestro, depende de ello.

Por Héctor Pizarro, Sociedad Vegana

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Derechos animales

La prohibición de la carne de laboratorio en Oklahoma: Protegiendo el lucro, ignorando el dolor

Esta semana, la Cámara de Representantes de Oklahoma, Estados Unidos, dio un paso preocupante al impulsar un proyecto de ley dirigido claramente a detener el progreso y proteger intereses arraigados.

Citando preocupaciones de seguridad alimentaria y el “derecho de los habitantes de Oklahoma de comer carne real de animales reales”, legisladores de ese estado aprobaron el martes 25 de marzo una medida que prohibirá las alternativas de carne cultivada en laboratorio, reporta la publicación Oklahoma Voice. El representante Ty Burns, republicano, dijo que la medida es necesaria para proteger a los habitantes de Oklahoma y su cultura, así como a la industria agrícola, que es uno de los principales motores económicos del estado.

La discusión en la legislatura de Oklahoma se reduce a un conflicto entre el proteccionismo basado en el miedo y la libertad del consumidor. Los defensores de la prohibición, impulsada por legisladores republicanos, enarbolan vagas banderas de seguridad alimentaria, invocan la necesidad de proteger la cultura de la “carne real” y la economía agrícola existente, y descartan la carne cultivada como parte de “agendas indeseables de ambientalistas y animalistas”. Utilizan un lenguaje alarmista, comparándola con “células cancerosas”, a pesar de admitir la falta de evidencia específica. Los opositores califican estos argumentos como tácticas para infundir miedo diseñadas para proteger a la industria cárnica de la competencia, poniendo de relieve la hipocresía de prohibir esto mientras se permiten alimentos probadamente nocivos y notando que se utiliza una ciencia de cultivo similar en otros lugares.

Jared Deck, uno de los detractores de la prohibición, ha cuestionado la lógica detrás del proyecto: “Comemos Twinkies fritos (los Twinkies son unos pastelitos industriales populares en Estados Unidos, rellenos de crema azucarada). Alimentamos a nuestros hijos con estos productos todos los días, pero ahora pretendemos prohibir una tecnología que podría ayudar a muchas personas a seguir su fe o su dieta”, dijo Deck, citado por Oklahoma Voice. El legislador denunció también el doble estándar del sector agrícola, que desde hace años emplea cultivos genéticamente modificados, sin que se cuestione su legitimidad.

Desenmascarando las preocupaciones disfrazadas

Los argumentos presentados por los promotores de la prohibición carecen de sustancia y están diseñados para proteger los intereses financieros de la industria cárnica convencional.

Asimismo, las “preocupaciones por la seguridad alimentaria” son una consabida táctica utilizada para sofocar la innovación que amenaza a las industrias establecidas. La carne cultivada está sujeta a una rigurosa supervisión regulatoria por parte de organismos como la FDA y el USDA en los Estados Unidos. Estas agencias tienen la tarea de garantizar la seguridad alimentaria. Afirmar que es “peligrosa hasta que se sepa que es segura” sin proporcionar evidencia es pura especulación diseñada para incitar el miedo. Los impulsores de la prohibición llegaron incluso a comparar las células cultivadas del entorno controlado de la carne de laboratorio con el cáncer, un argumento deliberadamente engañoso y alarmista.

La “protección de la cultura” y la “carne real”

La definición de “carne real” es convenientemente estrecha aquí. La carne cultivada es carne animal, cultivada a partir de células animales, solo que sin requerir la cría y el sacrificio del animal entero. La cultura evoluciona, y las opciones alimentarias evolucionan a la par. Usar la “cultura” como escudo ignora las dimensiones éticas y ambientales de las prácticas actuales. Además, como señaló el representante Deck, “muchos alimentos altamente procesados comunes en la dieta moderna están lejos de sus orígenes ‘naturales’, sin por ello enfrentar ataques legislativos”.

La prohibición no se trata de la seguridad pública; se trata de proteger a la industria ganadera de la competencia. Se busca bloquear la innovación simplemente para proteger los modelos de negocio existentes, algo inherentemente contrario al libre mercado y la libre competencia. En última instancia, se perjudica a los consumidores y se obstaculiza el progreso hacia sistemas alimentarios más sostenibles y éticos.

El silencio ensordecedor: ¿Dónde están los animales en este debate?

Lo que está completa y trágicamente ausente de toda la discusión legislativa reportada por Oklahoma Voice es cualquier consideración por los propios animales.

Los legisladores que debaten sobre “seguridad alimentaria”, “cultura” y “economía” ignoran por completo el profundo sufrimiento inherente a la agricultura animal convencional. Los miles de millones de vacas, cerdos, pollos y otros animales criados para alimento soportan confinamiento, mutilaciones sin anestesia, transporte estresante y sacrificio aterrador. Este es el sistema de “carne real de animales reales” que están tan interesados en proteger.

Aquí es donde alternativas como las opciones a base de plantas y la carne cultivada ofrecen un potencial revolucionario. Proporcionan vías para disfrutar de los sabores y texturas a los que la gente está acostumbrada, sin el inmenso sufrimiento animal.

Las opciones a base de plantas ya han logrado grandes avances, ofreciendo hamburguesas, salchichas, nuggets y más, hechos de soja, proteína de guisante, hongos, etc. Reemplazan directamente los productos animales, reduciendo la demanda de cría industrial y sacrificio.

La carne cultivada es una nueva ruta. Al cultivar carne directamente de células animales, se elimina la necesidad de criar y matar grandes cantidades de animales. Soluciona las objeciones éticas al sacrificio mientras satisface a los consumidores que desean el sabor, textura y composición específicos de la carne animal.

Prohibir la carne cultivada, como están intentando los legisladores de Oklahoma, cierra la puerta a una vía prometedora para reducir drásticamente el sufrimiento animal a gran escala. Prioriza las ganancias derivadas de la explotación animal por encima del progreso ético.

Como alguien que ha sido vegano durante 12 años, la idea de comer carne, incluso cultivada en laboratorio, no me atrae personalmente. La carne animal simplemente no es algo que mi cuerpo o mente anhele; está completamente fuera de mi sistema. Mi preferencia está en la vasta y deliciosa variedad de alimentos a base de plantas disponibles hoy en día.

Sin embargo, esta postura no desconoce el increíble potencial de la carne cultivada desde una perspectiva de los derechos animales. Indudablemente, a muchas personas les gusta el sabor de la carne pero están cada vez más incómodas con el costo ético – el sufrimiento animal involucrado. Para estas personas, la carne cultivada ofrece un puente, una nueva vía. Les permite seguir comiendo los alimentos que disfrutan sin contribuir directamente al sacrificio de animales. Se adapta a las personas, ofreciendo una solución que alinea las preferencias de sabor con las preocupaciones éticas.

Además, la carne cultivada tiene un potencial formidable para la industria de alimentos para mascotas. Este recurso odría proporcionar alimentos nutricionalmente apropiados para mascotas como perros y gatos, eliminando la necesidad de sacrificar otros animales para su consumo. Esto resolvería un conflicto ético significativo para muchos veganos dueños de mascotas.

Por lo tanto, aunque yo personalmente no haré fila para una hamburguesa cultivada en laboratorio, veo el prurito para prohibirla – accionado por el proteccionismo de la industria y una indiferencia deliberada frente al sufrimiento animal – como profundamente poco ético y contraproducente. Deberíamos estar explorando todas las vías que reduzcan nuestra dependencia de las crueldades de la agricultura animal industrial, no cerrándolas con base en la codicia.

Por Héctor Pizarro, Sociedad Vegana

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Derechos animales

La indignación selectiva: cuando un pequeño wombat despierta más compasión que millones de terneros

Esta semana, las redes sociales y los medios de comunicación estallaron con una indignación justificada cuando una “influencer” arrebató un bebé wombat a su madre en Australia, como parte de su generación de contenidos.

El incidente, que duró apenas un minuto antes de que la cría fuera devuelta, provocó la condena de los más altos niveles del gobierno australiano; incluyendo al primer ministro que lo calificó de «indignante».

La fuerte reacción pública demuestra que, como sociedad, entendemos algo fundamental: separar a un bebé de su madre es cruel y traumático. Reconocimos la angustia tanto del bebé como de su madre. Vimos el miedo de la cría mientras chillaba al ser sostenida por la influencer, de nombre Samantha Jo Strable, alias “Sam Jones” que, por lo demás, se dedica a contenidos sobre caza. Empatizamos con el pánico de la madre wombat mientras daba vueltas en un segundo plano, impotente para proteger a su cría.

Pero esa misma empatía desaparece misteriosamente cuando se trata de las prácticas habituales de la industria láctea.

La realidad oculta de la industria láctea

Cada día, en miles de granjas lecheras de todo el mundo, los terneros recién nacidos son separados de sus madres, no por un minuto, sino de forma permanente. A diferencia del pequeño wombat, que fue devuelto rápidamente, estos terneros nunca volverán a reunirse con sus madres.

Esta separación ocurre dentro de las 24 horas posteriores al nacimiento, a menudo inmediatamente después del parto. ¿Y por qué? Porque la leche que la naturaleza destinó a estos terneros se ha desviado para el consumo humano: para nuestros cafés con leche, quesos y helados.

Las vacas lecheras no son máquinas de producir leche. Son mamíferos con fuertes instintos maternales, como la madre wombat del vídeo viral. Las investigaciones han documentado cómo las vacas madres braman durante días llamando a sus terneros. Algunas se niegan a comer y muestran claros signos de miedo y angustia.

¿La diferencia? Ningún primer ministro condena la práctica. Ningún ministro de inmigración comprueba si alguien ha «incumplido las condiciones», como fue el caso de la influencer estadounidense de paso en Australia.

El doble estándar

La indignación por el breve trato de Jones a un pequeño de wombat (que finalmente fue devuelto ileso) contrasta con nuestro silencio colectivo sobre la separación de por vida de millones de vacas madres de sus crías.

¿Cómo se explica esta desconexión? Quizá sea porque hemos clasificado a algunos animales como merecedores de protección y a otros como alimento. Quizá sea porque las prácticas de la industria láctea ocurren a puerta cerrada, mientras que el incidente del wombat se desarrolló en las redes sociales. O quizá sea simplemente que no queremos afrontar la incómoda verdad que se esconde tras nuestras elecciones alimentarias diarias.

Si agarrar a un bebé wombat durante un minuto merece la indignación colectiva, cobertura mediática y la intervención del gobierno, ¿cuál debería ser nuestra respuesta a una industria cuya esencia consiste en separar permanentemente a millones de terneros de sus madres?

No se trata de desestimar las preocupaciones legítimas sobre el acoso a la vida silvestre. Las acciones de Jones fueron indudablemente una estupidez y falta de respeto con la vida silvestre de Australia. Pero nuestra indignación moral no debería ser selectiva, dependiendo de qué especie se perjudique o de qué productos nos guste consumir.

La verdadera compasión por los animales requiere coherencia. Si podemos entender el trauma de una madre wombat y su cría al ser separadas por unos segundos, deberíamos preocuparnos igualmente por las madres vacas que nunca vuelven a ver a sus crías, todo por un producto del que podemos prescindir fácilmente.

Así que la próxima vez que pidas un café con leche, recuerda que la leche de tu taza ha llegado a costa del vínculo entre una madre y su cría, que merece la misma protección y respeto que le daríamos a cualquier wombat.

Por Héctor Pizarro, Sociedad Vegana

Ilustración: Fotografìa de Sam Jones vía The Guardian. Fotografìa de vaca y su cría vía Animal Equality.